El gobierno de Isabel Díaz Ayuso acaba de vivir sus 48 horas más caóticas. Tres diputados del PP han dimitido en la Asamblea de Madrid, un consejero ha sido fulminado de la noche a la mañana y dos directores generales han salido por la puerta. ¿Por qué? Porque había un hombre detrás de todo esto. Un dramaturgo, sin cargo oficial, sin sueldo del gobierno, sin despacho en Sol, que llevaba años controlando la Consejería de Educación desde un teatro en Chamberí. Lo llamaban el Rasputín de Ayuso, y sus protegidos —los famosos «pochoclos», jóvenes sin experiencia colocados a dedo— han caído todos en cascada.
Mientras tanto, la Universidad Complutense recorta 33 millones, las públicas se ahogan y Ayuso abre la puerta rápida a las universidades privadas. Esto no es política, es un espectáculo. Y hay que contarlo.