Donald Trump prometió que no iba a meter a EEUU en más guerras. Lo dijo en su discurso de toma de posesión. Era su promesa […]

Donald Trump prometió que no iba a meter a EEUU en más guerras. Lo dijo en su discurso de toma de posesión. Era su promesa central, su marca, su razón de ser política. 14 meses después, EEUU lleva un mes en guerra con Irán: sin aprobación del Congreso, sin apoyo de la OTAN, sin respaldo popular. Con 13 soldados caídos y 290 heridos. Y el reloj sigue corriendo.

El colapso no es solo en el frente. Es por dentro. La organización que asesora a militares sobre objeción de conciencia ha registrado un aumento del 1.000% en consultas desde que empezó esta guerra. Ya en 2019, las encuestas de Military Times mostraban que la mitad del ejército tenía una visión negativa de Trump, antes del asalto al Capitolio, antes de Afganistán, antes de Irán. Ahora, con una guerra ilegal que el propio jefe de antiterrorismo reconoció que se basaba en amenazas inexistentes, esa desconfianza ha reventado. Y mientras tanto, China observa, aprende y gana posiciones en el Indo-Pacífico sin mover un dedo.

Lo que está ocurriendo no tiene precedentes fáciles. Trump construyó toda su identidad política sobre el rechazo a las guerras interminables y ahora es él quien ha lanzado la peor de todas. El ejército más caro, más tecnológico y más poderoso del planeta está empezando a perder lo único que ningún presupuesto puede comprar: la voluntad de quienes lo forman. La historia ya conoce este patrón. Y siempre acaba igual.