El FBI, que depende directamente del gobierno de Trump, acaba de lanzar una alerta sobre un supuesto ataque iraní con drones contra California. Sin barco identificado, sin objetivo concreto, sin método verificado, sin fecha. Es decir, no es inteligencia. Es una aspiración no confirmada convertida en titular de pánico. Y la pregunta que hay que hacerse no es si Irán puede atacar California, que materialmente es casi imposible por simple geografía, sino por qué Trump necesita que la gente crea que puede ocurrir.
La respuesta está en el contexto. La guerra contra Irán, esa que Trump llamó «Operación Épica Furia» como si fuera un juego de mesa, lleva semanas desmoronándose. El estrecho de Ormuz minado, el petróleo subiendo, bajas americanas encima de la mesa, embajadas alcanzadas por drones iraníes, 170 niños muertos en un ataque equivocado que se intentan quitar de encima. Y mientras tanto Trump sale a decir que la guerra ya está ganada. Cuando alguien dice eso de una guerra que sigue activa, o está mintiendo, o está desesperado. Probablemente las dos cosas.
Y aquí es donde todo encaja. La amenaza cae exactamente sobre California, el estado más demócrata del país, el que más veces ha llevado al gobierno de Trump ante los tribunales, y cuyo gobernador Gavin Newsom es el rival político más incómodo que tiene Trump de cara a 2028. No cae sobre Florida, no cae sobre Texas. Cae ahí. Y encima, justo en ese momento, aparece la noticia de que han robado cuatro drones de una base militar americana. El guión se escribe solo.