Trump proclamó victoria contra Irán en sus redes sociales. «Su marina ha desaparecido. Su fuerza aérea ya no existe.» Y días después, sin rueda de prensa, sin explicación, sin estrategia de salida, ordena el despliegue de 2.500 Marines más hacia Oriente Medio. Cuando un periodista le preguntó cuándo terminaría esta guerra, su respuesta fue literalmente que lo decidiría «cuando lo sienta en sus huesos.» Eso es lo que hay. El destino de miles de soldados y la estabilidad energética del planeta, en manos de los huesos de Donald Trump.
Mientras tanto, el barril de petróleo supera los cien dólares, el estrecho de Ormuz está bloqueado, las bolsas europeas se desploman y en España repostar diésel cuesta casi un 27% más que hace un mes. Y el gran beneficiado de todo esto no es Estados Unidos ni Israel: es Rusia, cuya economía recibe un chute de oxígeno cada vez que el crudo sube. Trump incluso ha tenido que levantar temporalmente las sanciones al petróleo ruso para aliviar la presión. Es decir: su guerra contra Irán está financiando a Putin. La política exterior como obra de teatro del absurdo.
Y la cereza final: Trump justifica los bombardeos sobre Irán apelando a los derechos del colectivo LGTBI. El mismo Trump que lleva meses desmantelando protecciones para personas trans en su país. El mismo partido que ha hecho de la persecución de esos derechos una bandera electoral. Ahora son los defensores de los homosexuales iraníes. El cinismo sería gracioso si no hubiera doce muertos, 800.000 nuevos refugiados y una guerra que nadie en Washington sabe cómo acabar.