Donald Trump convocó a un círculo de pastores evangélicos en el Despacho Oval para que rezaran sobre su cabeza mientras sus aviones bombardeaban instalaciones iraníes. La escena se difundió como momento solemne de fe cristiana. En China se convirtió en tendencia viral: miles de trabajadores parodiaron la oración en fábricas y oficinas pidiendo al cielo mejores ventas o que la empresa cumpla los objetivos del trimestre. Eso dice todo lo que hay que saber sobre cómo ve el mundo al supuesto líder del orden libre occidental.
Pero la anécdota tiene consecuencias reales. Trump acaba de retirar el sistema antimisiles THAAD de Corea del Sur sin previo aviso, sin compensación, sin alternativa, porque se le han consumido los interceptores en una guerra que iba a durar «unos días» y ya cuesta 1.000 millones de dólares diarios. Corea del Sur pagó un precio diplomático y económico enorme por albergar ese sistema durante 9 años. China llevaba años pidiendo que lo retiraran. Y Trump se lo ha regalado solito, sin que nadie se lo pidiera. El vacío que deja en Asia Oriental tiene un único beneficiario evidente.
Mientras EEUU quema arsenales en Oriente Medio y abandona a sus aliados en el Pacífico, China firma acuerdos comerciales, expande su presencia diplomática y no tiene ninguna guerra abierta vaciándole los almacenes. Esto no es solo la torpeza de un presidente excéntrico: es la aceleración de un declive imperial que Trump ha convertido en caída libre. El precipicio llevaba tiempo ahí. Él ha apretado el acelerador.