Trump lo ha vuelto a hacer. Primero fue Rob Reiner: se inventó la causa de su fallecimiento, dijo que había perdido la vida de «odiar a Trump», lo firmó desde la cuenta presidencial y recibió miles de likes. Ahora ha fallecido Robert Mueller, el fiscal que investigó su campaña, y Trump ha escrito públicamente que se alegra. No es un error. No es un arrebato. Es un patrón calculado, repetido y aplaudido. Lo que estamos viendo no es solo crueldad. Es una estrategia. Cada burla sobre alguien que acaba de fallecer es un regalo envenenado a su base: les dice que el desprecio es una virtud, que la rabia está justificada, que burlarse de quien te critica —incluso después de que haya fallecido— es algo que hace el presidente más poderoso del mundo. Y mientras tanto, 17.000 likes. Porque a su audiencia le encanta. Porque funciona.Y la pregunta que nadie quiere hacerse en voz alto ya flota en el ambiente: ¿qué va a pasar cuando le llegue el momento a Trump? Ha destruido cualquier norma de respeto. Ha convertido el dolor ajeno en munición política. El precedente lo ha puesto él.
TRUMP HACE LO MÁS MISERABLE DE SU VIDA. TODAVÍA ME SORPRENDE…
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