Trump acaba de ampliar su ultimátum a Irán por tercera vez. Diez días más. Antes fueron 48 horas, luego seis días, ahora diez días más, hasta el 6 de abril. Mientras tanto, el Estrecho de Ormuz lleva casi un mes cerrado, Irán niega que existan negociaciones formales y el portavoz de las Fuerzas Armadas iraníes ha soltado esto sin anestesia: «Quien se autoproclama superpotencia ya habría salido de este lío si hubiese podido.» Un ultimátum que se prorroga tres veces no es un ultimátum. Es teatro.
El plan de 15 puntos que Trump ha puesto sobre la mesa es, básicamente, una capitulación con formulario: Irán tendría que desmantelar su programa nuclear, entregar el uranio enriquecido, abandonar a sus aliados regionales y reducir su arsenal de misiles. A cambio, EEUU levantaría unas sanciones que puso él mismo. Irán lo ha rechazado de plano. Y mientras eso pasa, los bonos del Tesoro americano suben un 3% en cinco días, el 59% de los estadounidenses cree que la acción militar fue demasiado lejos, y la OTAN —a la que Trump le ha pedido ayuda— le ha dicho que no. Solo, sin aliados y sin ninguna estrategia de salida visible.
«America First» está resultando ser la aventura militar más cara de la historia reciente de EEUU: en dinero, en credibilidad y en hegemonía global. Trump no puede ganar porque cuatro semanas de presión no han doblegado a Teherán. Pero tampoco puede parar, porque admitirlo sería un fracaso que su ego no puede procesar. Así que hace lo de siempre: un tuit, diez días más, y a esperar que algo cambie solo.