Un mes. Llevamos un mes de esta guerra que iba a durar «48 horas», que iba a ser «como Venezuela», que iba a terminar con una victoria rápida y limpia. Pues nada de eso. Irán sigue en pie, el estrecho de Ormuz sigue cerrado, y Donald Trump acaba de movilizar a la 82 División Aerotransportada, dos grupos de asalto anfibio y está estudiando enviar 10.000 soldados más con vehículos blindados. ¿A esto lo llama alguien victoria?
Lo que más me llama la atención no son las amenazas iraníes, que son brutales pero predecibles. Lo que me parece vergonzoso es la contradicción flagrante de Trump: el hombre que prometió no mandar soldados a morir en guerras extranjeras está haciendo exactamente eso, sin debate en el Congreso, sin aval de la ONU, sin ni siquiera avisar a los aliados de la OTAN. Y para colmo, una congresista republicana —de su propio partido— ha salido de una sesión clasificada diciendo que no apoya el envío de tropas. Lo que habrá visto ahí dentro…
Esto no pinta nada bien. Los plazos se alargan, las negociaciones no existen, y la escalada no para. Mientras tanto, Trump usa la guerra para tapar todo lo demás: sus escándalos, su desastre económico, Jeffrey Epstein. El truco de siempre.