Donald Trump firmó una orden ejecutiva declarando el inglés como único idioma oficial de los Estados Unidos. Borró la web de la Casa Blanca en español. Desplegó al ICE de manera sistemática en los barrios donde más se habla español. Y se puso hecho una furia cuando Bad Bunny actuó en la Super Bowl íntegramente en español, en la actuación más vista de la historia. Todo eso lo ha hecho un hombre que gobierna un país con 65 millones de personas de origen hispano. Uno de cada cinco estadounidenses. El segundo país del mundo en hispanohablantes, por delante de España, Colombia y Argentina.
Lo que hay detrás de esta persecución no es política lingüística. Es violencia institucional calculada, es miedo al poder demográfico y electoral que representa esta comunidad, y es el pánico de quien sabe perfectamente que está peleando contra el tiempo. Porque en 2060 la población hispana rozará los 111 millones de personas, el 27% del país. El español es el idioma más estudiado en las universidades americanas. Hay 36 millones de hispanos con derecho a voto y cada año se suman un millón y medio más. Trump no lo ignora: por eso la represión no es aleatoria, va exactamente a los mismos barrios con mayor peso electoral latino.
Y aún así, no va a funcionar. El español no pide permiso para existir en Estados Unidos y lleva décadas demostrándolo. Cada intento de marginarlo lo ha hecho más fuerte. El futuro de EEUU no es en inglés, es bilingüe, y eso ya está decidido.