En apenas 18 meses, Donald Trump ha conseguido lo que ningún rival de Estados Unidos había logrado en décadas: convertir a la primera potencia del mundo en el país más detestado del planeta. No es una opinión, son datos. Gallup, Brand Finance, Pew Research… todos los grandes medidores de reputación internacional apuntan en la misma dirección: el mundo le está dando la espalda a Washington a una velocidad sin precedentes históricos.
Y lo más revelador de todo es lo que está pasando con China. Pekín no ha lanzado ninguna campaña de imagen, no ha gastado un dólar en propaganda internacional, no ha hecho absolutamente nada. Solo ha esperado, con paciencia, a que Trump se encargue solito de destruir 70 años de poder blando construido ladrillo a ladrillo desde el Plan Marshall. Los aliados históricos de la OTAN aprueban ahora a China y a Estados Unidos prácticamente igual. En el sudeste asiático, por primera vez, la balanza se inclina hacia Pekín. En Europa, la confianza en la Unión Europea alcanza máximos desde 2007 porque todo el mundo tiene miedo de depender de un Washington completamente descontrolado.
Eso es lo que explico en este vídeo: la diferencia entre poder duro y poder blando, y por qué Trump está destruyendo el único activo que China no podía comprar ni replicar.