Gustavo Petro ha dicho lo que muchos piensan pero nadie se atreve a decir: Trump está desatando una guerra étnica contra los latinos en Estados Unidos. Y lo ha comparado directamente con lo que cierto alemán hizo con los judíos. Brutal, incómodo, pero real.
En Chicago ahora mismo hay tanques, Guardia Nacional en las calles, redadas masivas contra migrantes, gas lacrimógeno contra manifestantes. Esto ya no es solo política migratoria, es la construcción sistemática del enemigo interno. Militarización de barrios latinos, familias destrozadas, niños separados de sus padres.
Petro ha tocado un nervio. Ha conectado los puntos entre la violencia en Chicago y el terror imperial en el Caribe. Y Washington ha respondido con furia: le revocaron la visa, lo acusan de fracasar, amenazan con sanciones.
Esto es mucho más que una pelea diplomática. Es el choque entre el autoritarismo supremacista de Trump y el intento latinoamericano de construir soberanía propia. La pregunta es: ¿tendrá América Latina el coraje de respaldar a Petro o se doblegará ante el imperio?