Trump lleva más de un año amenazando a España. Con aranceles, con expulsarnos de la OTAN, con «castigarnos» por no gastar suficiente en defensa. Y esta semana ha cruzado una línea nueva: ha dicho en público que puede entrar en las bases militares de Rota y Morón aunque España se lo prohíba. Que nadie le va a decir que no.
El Gobierno ha respondido con claridad: no vamos a prestar nuestro territorio para una guerra ilegal que no tiene el aval de Naciones Unidas ni del propio Congreso de EEUU. No por cobardía, sino exactamente por lo contrario.
Y lo que ha pasado después es lo que nadie esperaba ver tan rápido: China ha salido a defender a España. Macron ha llamado a Sánchez para expresarle su solidaridad. La Comisión Europea ha recordado que con España va el bloque entero. Alemania ha dicho que España no está sola.
Trump ha conseguido algo histórico sin pretenderlo: unir a medio mundo en contra de Washington. Canadá se acerca a China. El Reino Unido frena en seco. Europa cierra filas. Y el gran arquitecto de este nuevo orden no es Xi Jinping. Es Donald Trump.