Cuatro soldados estadounidenses han perdido la vida en un nuevo accidente aéreo sobre Irak. El KC-135, un avión cisterna, se estrelló durante una misión y hay dos tripulantes más desaparecidos. Todo mientras Donald Trump publica vídeos bailando, habla del nuevo salón de baile de la Casa Blanca y dice con total frialdad que «habrá más bajas». Una milicia pro-iraní asegura que lo derribó. Washington lo niega. Las causas siguen bajo investigación. Lo que no está bajo investigación es que hay cuatro familias más esperando una llamada que no quieren recibir.
Lo más brutal no es solo la cifra de muertos. Es el contraste. Trump recibió a los primeros seis fallecidos de esta guerra con una gorra blanca y traje de campo de golf, sin quitarse la gorra ante los ataúdes. La Casa Blanca no transmitió la ceremonia, pero sí los bailes. Y cuando los periodistas le preguntaron por las pérdidas, salió corriendo. Literalmente. Mientras tanto, los propios analistas de inteligencia de Estados Unidos ya le advirtieron antes del inicio de los ataques que el objetivo de cambio de régimen en Irán era «improbable». Él siguió adelante.
Esta guerra la están pagando los hijos de la clase trabajadora de Estados Unidos y de Europa, mientras un multimillonario que este año ha ganado 1.000 millones de dólares decide desde su mansión en Mar-a-Lago quién vive y quién muere. Es la misma historia de siempre.