Millones de estadounidenses han vuelto a salir a las calles en la tercera gran marcha «No Kings» contra Donald Trump. Esta vez en más de 3.000 lugares simultáneos, desde las grandes ciudades hasta los bastiones republicanos más profundos. Y lo más importante: dos tercios de los que han salido vienen de fuera de las grandes urbes. Esto ya no es cosa de élites liberales de Nueva York o Los Ángeles. Esto es otra cosa.
Las cifras lo dicen todo: Trump está al 36% de aprobación, su punto más bajo desde que volvió a la Casa Blanca. Solo el 25% aprueba su gestión del coste de vida y el 29% su manejo de la economía. Los republicanos han perdido Miami después de 30 años, Virginia, Nueva Jersey, Nueva York… y hasta el propio distrito de Mar-a-Lago donde Trump vive y vota por correo, a pesar de llevar meses diciendo que el voto por correo es un fraude. Las normas son para los demás. Y mientras el país entero protestaba, él estaba tuiteando que prefiere rodearse de gente mediocre para sentirse mejor. Va en serio.
Con noviembre a la vuelta de la esquina y unas elecciones de medio término que pueden quitarle el control del Congreso y el Senado, la pregunta ya no es si Trump va a seguir perdiendo apoyo. La pregunta es qué va a hacer cuando pierda. Porque este señor tiene un historial documentado de no aceptar resultados que no le gustan, y con las calles así, con su base fracturada por la guerra de Irán y los precios por las nubes, puede que lo que viene sea bastante más serio que un simple cambio de mayorías.