Ángela María Vergara González, congresista colombiana de extrema derecha que celebraba cada deportación de Trump, ahora aparece llorando porque el ICE detuvo a su hijo en condiciones inhumanas. Su hijo vivía legalmente en EEUU, con permiso de trabajo, seguro social y audiencia de asilo programada para 2028. Nunca cometió un delito. Ahora está encadenado esperando deportación.
La ironía es brutal: cuando deportaban a otros colombianos, ella aplaudía. Cuando Trump llamaba criminales a los migrantes, ella lo celebraba. Pensaba que esa crueldad era para otros, para los pobres, para los de abajo. Nunca imaginó que su propio hijo terminaría en la lista.
Esta es la lección que millones están aprendiendo: el fascismo no distingue entre el latino que votó por Trump y el que no. No importa si tienes papeles, si trabajas duro, si pagas impuestos. Si hablas español, eres prescindible.
Ahora pide vuelos humanitarios, pide dignidad, pide compasión. Todo lo que nunca exigió cuando los detenidos eran hijos de otras madres. Pero sigue sin entender que el problema no es su caso particular: es el sistema completo que ella ayudó a construir.
Esto es lo que pasa cuando votas contra tus propios intereses, cuando crees que pisar al de abajo te va a elevar. La bota fascista no negocia excepciones.