España, en lugar de ponerse firme y aplaudir como hacen los habituales lacayos de turno, dijo que no. Pedro Sánchez fue al Congreso y lo dejó muy claro: España no va a ser cómplice de guerras ilegales, da igual quién las ordene y da igual la presión que haya encima de la mesa.
El discurso es un repaso demoledor a todo lo que ya vivimos con Irak: más de 300.000 personas fallecidas, 5 millones de desplazados, atentados en media Europa, economía destrozada… Y la advertencia es seria: Irán no es Irak. Es un país dos veces más grande, con un ejército superior al de Alemania, Francia e Italia juntos y con 40 años preparándose para exactamente este escenario. Además, Trump tenía un acuerdo nuclear sobre la mesa que Irán había aceptado. Lo rechazó. Y dos días después empezaron las bombas.
Por primera vez en mucho tiempo, la posición de España en el mundo es la de un país que dice lo que piensa aunque incomode a Washington. Eso, en el mundo en el que vivimos, no es poca cosa.