Gustavo Petro acaba de dar el paso que ningún otro presidente se ha atrevido a dar. Tras conocerse que Israel ha secuestrado a dos ciudadanas colombianas que participaban en la flotilla humanitaria hacia Gaza, el presidente colombiano no se ha quedado callado: ha expulsado a toda la delegación diplomática israelí del país y ha denunciado el Tratado de Libre Comercio con Israel.
Este no es un gesto simbólico. Es una declaración de guerra política directa contra Netanyahu y contra la impunidad con la que Israel actúa en el mundo. Petro citó a Hannah Arendt, comparó a Netanyahu con el pintor austriaco y dejó claro que «no hay pueblo elegido de Dios», algo que le ha costado que Estados Unidos le retire el visado.
Colombia se convierte así en el primer país latinoamericano que no solo rompe relaciones con Israel, sino que expulsa físicamente a su representación diplomática tras un acto de represión contra sus propios ciudadanos. Mientras otros gobiernos miran hacia otro lado, Petro rompe la baraja y dice basta.