Trump amaneció amenazando con destruir «una civilización entera» y terminó el día firmando un alto el fuego en los términos que Irán había puesto sobre la mesa. En menos de 12 horas, el presidente de los Estados Unidos pasó de prometer el fin del programa nuclear iraní y la apertura del Estrecho de Ormuz, a aceptar exactamente lo contrario: que Irán siga enriqueciendo uranio, que la Guardia Revolucionaria controle el estrecho y que Washington se comprometa a no agredir de nuevo al país que acababa de bombardear. Todo eso, después de 38 días de guerra y miles de personas fallecidas.
Lo más surrealista no es solo el resultado, sino cómo intentaron venderlo. La cobertura narrativa de Pakistán resultó ser un tuit redactado desde la propia Casa Blanca y publicado por error con el encabezado «Draft» visible para todo el mundo. Y mientras la portavoz Carolyn Leavitt llamaba a esto una «gran victoria», las calles de Teherán celebraban y la televisión estatal iraní lo presentaba como una humillante retirada estadounidense. Porque eso es exactamente lo que fue.
Ahora Trump necesita un nuevo enemigo, una nueva historia que contar antes de las elecciones de medio mandato. Cuba, Groenlandia, Canadá… el menú ya está servido.