Donald Trump acaba de sufrir una derrota histórica en Nueva York, su ciudad natal, y no lo está llevando nada bien. Zoran Mandani, un socialista democrático de 34 años, musulmán e hijo de inmigrantes, ha conquistado la alcaldía con un 50% de los votos y récord de participación. Y claro, Trump está absolutamente desquiciado.
El discurso de victoria de Mandani fue magistral: «Soy joven, soy musulmán, soy socialista democrático, y me niego a pedir perdón por nada de esto». Nueva York seguirá siendo una ciudad de inmigrantes, construida por inmigrantes y ahora liderada por un inmigrante.
Trump, desde la Casa Blanca, se encierra, llora en redes sociales, amenaza con sacar al ejército a las calles y suelta perlas como que «el comunismo lleva mil años sin funcionar» (Karl Marx del siglo XIX estaría flipando). Dice que Nueva York se va a convertir en Cuba y Venezuela, la misma amenaza vacía que ya no funciona.
Esto no es una derrota más. Es el principio del fin de la presidencia de Trump. La gente se está dando cuenta de que los problemas de Estados Unidos no son culpa de China, de México o de los inmigrantes, sino de los multimillonarios como él.