Trump lleva semanas dando señales que nadie en su entorno quiere reconocer. Manchas en el cuello, moratones en las manos que se maquilla, incapaz de abrir una caja sin ayuda, quedándose dormido en sus propias reuniones… Y mientras tanto, ha iniciado una guerra contra Irán desde su club privado de golf.
Seis soldados estadounidenses ya han caído. El Pentágono advierte en privado de que el ritmo de operaciones compromete la capacidad de respuesta en Taiwán y Europa. Las bolsas asiáticas se desploman. El estrecho de Ormuz cerrado. Y Trump, con el 36% de aprobación —mínimo histórico de su mandato— improvisando contradicciones en seis minutos de entrevista.