Donald Trump acaba de publicar un mensaje en redes sociales que, si lo lees con cuidado, es una confesión en toda regla: Israel le ha bombardeado el mayor yacimiento de gas del mundo sin pedirle permiso, Irán ha respondido atacando Qatar, y él se limita a escribir tuiteando que «garantiza» que no habrá más ataques. Eso no es liderazgo. Es gestión de daños en tiempo real, con el mundo entero mirando.
El yacimiento de Pars Sur, 9.700 kilómetros cuadrados en el fondo del Golfo Pérsico, columna vertebral energética de Irán, destruido en una noche. El barril de Brent rozando los 110 dólares mientras grababa este vídeo. Analistas hablando de 200 dólares antes de julio. Y mientras tanto, el director del Centro Nacional Antiterrorista de Estados Unidos dimite y lo dice con todas las letras: esta guerra se hace por el lobby de Israel, no por ninguna amenaza real. Trump lo llama «patético». Claro. Le incomoda que alguien diga la verdad.
Netanyahu lleva décadas esperando este momento. No lo consiguió con Obama, no lo consiguió con Biden. Llegó Trump, y en su segundo mandato, en apenas unas semanas, Netanyahu marca el ritmo, ataca cuando quiere, humilla a Washington en público, y el hombre que prometía hacer América grande de nuevo está presidiendo el colapso de su propio proyecto geopolítico. Mientras tanto, China no ha disparado un solo tiro y está ganando más que nunca. Eso lo notas tú cuando llevas el coche a la gasolinera. Una guerra de locos que nadie pidió y que todos estamos pagando.