Hace menos de 24 horas, Donald Trump publicó en Truth Social que había llegado a un alto el fuego con Irán. Lo vendió como una victoria. Pero cuando lees los diez puntos que Irán puso sobre la mesa —y que Trump ha aceptado como «base viable»— la historia cambia completamente. No es un acuerdo. Es una rendición disfrazada de diplomacia.
Punto por punto, lo que Teherán exige es lo siguiente: garantía de no agresión, control del Estrecho de Ormuz con derecho a cobrar peaje, reconocimiento del enriquecimiento de uranio, eliminación de todas las sanciones desde 1979, borrar las resoluciones de la ONU y el OIEA sobre su programa nuclear, compensaciones económicas por los daños, y la retirada de todas las fuerzas estadounidenses de la región. El 80% de esas condiciones, si se aceptan, dejan a Irán en mejor posición que antes de que empezara la guerra. Trump gastó miles de millones, desestabilizó los mercados globales y amenazó con destruir «toda la civilización iraní». Y el resultado es este.
Lo más grave no es el acuerdo en sí. Es lo que revela: que la fuerza bruta, sin estrategia ni credibilidad diplomática, no funciona. Ni siquiera cuando la usa el país más poderoso del mundo. El mundo está tomando nota. Y los que durante décadas vivieron bajo la amenaza militar estadounidense también.