Donald Trump ha protagonizado una de las escenas más grotescas de su mandato: su propio partido creó un premio llamado «America First Award» y, con total desfachatez, se lo entregaron a él mismo. Mientras recogía la estatuilla dorada, reconoció sin pestañear que llama «operación militar especial» a la guerra con Irán precisamente para saltarse la aprobación del Congreso. Las mismas palabras exactas, por cierto, que usa Vladimir Putin para justificar la invasión de Ucrania. No es casualidad, es un manual.
Esa misma noche, su secretario de Defensa declaró que Irán «ha sido borrado de la faz de la tierra». Mientras lo decía, Irán seguía bombardeando Israel, bloqueando el Estrecho de Ormuz y atacando bases militares americanas en el Golfo. Trump también mintió sobre el acuerdo nuclear de Obama, exactamente al revés de como ocurrió: fue él quien lo dinamitó en 2018 y disparó el enriquecimiento iraní al 60%. Todo esto mientras los demócratas les ganan 30 a 0 en las elecciones parciales desde noviembre, incluido el distrito donde está la mansión del propio Trump en Mar-a-Lago.
Lo que vimos esa noche no fue un presidente, fue la parodia de un autócrata en decadencia rodeado de lacayos con aplausos de cartón. Un hombre que se inventa los premios, falsifica las encuestas, copia a Putin y cobra del Golfo sin poder protegerlo. América primero, dicen.