Trump atacó Irán sin consultar a nadie, sin plan de contingencia, sin escuchar a los que le advertían de las consecuencias económicas. Prometió que la guerra terminaría en cuatro o cinco semanas. El Pentágono ya habla de cien días. Y el hombre que se presentó como el sheriff más duro del planeta acaba de publicar en su red social un mensaje pidiendo, por favor, que China, Francia, Japón, España y otros países manden barcos a limpiar el caos que él mismo creó.
El Estrecho de Ormuz lleva semanas paralizado. El precio del petróleo se ha disparado un cuarenta por ciento. Ciento cincuenta barcos varados. Las grandes navieras sin operar. Y la respuesta del Pentágono ha sido reconocer en privado que no lo vieron venir, que no estaban listos para escoltar barcos, y que Irán puede mantener el estrecho cerrado con drones baratos indefinidamente. Toda la maquinaria militar más cara de la historia, bloqueada por minas y drones de bajo coste. Esa es la lección de estas tres semanas.
Lo más obsceno del asunto es el capítulo de China. Trump lleva años tratando a China como el enemigo número uno, con aranceles del 145%, con guerra comercial, con hostilidad permanente. Y ahora le suplica que colabore militarmente para resolver un problema que él mismo fabricó. España, a la que llamó «país perdedor», tiene una fragata que Trump necesita. Europa, a la que trató como irrelevante, tiene la flota que Trump implora. Eso lo dice todo sobre quién ha ganado y quién ha perdido en esta aventura.